(R. Mena-Martínez Castro).- Domingo Faustino Sarmiento nació en San Juan. Su madre fue doña Paula Albarracín inmortalizada en muchos de sus escritos, y su padre don Clemente Sarmiento que fuera soldado del Ejército de los Andes y Chacabuco. Vio la luz nueve meses después de la revolución de mayo de 1810 y según sus dichos se jactaba que en su fecundación figuraba también el estremecimiento ciudadano del 25 de mayo.

Una anécdota muy interesante relata que su madre doña Paula, convidada a pasar el día en la quinta de una amiga, estando en estado muy avanzado de gravidez, comenzó a experimentar los primeros síntomas del nacimiento. Su marido, desesperado, y como en aquellas épocas había pocos coches, procedió a tratar de solucionar de cuajo el problema que se le presentaba. Montó en ancas de su caballo a su mujer que, apenas llegó a situarse en el borde de la cama para dar a luz sin esperar la comadrona. Es decir que don Domingo Faustino, como se llamaría el niño, prácticamente nació en el caballo.

Con respecto al apellido, genealógicamente hubiera sido Faustino Valentín Sarmiento, aunque hubiera podido apellidarse Quiroga Sarmiento. Estos apellidos estaban muy relacionados entre sí. Los hijos de Mercedes Sarmiento de Quiroga, al extinguirse el apellido por varonía, decidieron (algunos) apellidarse sólo Sarmiento, mientras que otros lo hicieron como Quiroga Sarmiento. Entre los primeros estuvo José Clemente Sarmiento, padre de Domingo Faustino. Según las virutas de la historia, lo de Domingo, viene a cuento por la gran devoción de la familia Albarracín por Santo Domingo. La madre desde su mismo nacimiento comenzó a nombrarlo como Domingo Faustino. Así fue conocido en el mundo, este gran maestro.

El sillón de la fotografía más conocida fue diseñado por el propio Domingo Faustino para poder leer. Existieron al parecer dos fotografías, una en la que según algunos historiadores se le ve en la cama donde murió, y la otra donde se le ve en su sillón de lectura. Queda para la incógnita cuál sería la primera y cuál la segunda. Por aquellos años era costumbre tomar fotografías de los recién fallecidos.

Los manuales escolares como ocurre con cantidad de próceres nacionales han divulgado hasta el cansancio pormenores de su vida y algunos aspectos de su quehacer público. Desde muy pequeño recibió de su padre los relatos deslumbrantes de la epopeya sanmartiniana, mientras doña Paula, al decir del propio Sarmiento manejaba sin desmayos su telar, como manera de conseguir reservas y poder seguir viviendo.

Nuestro hombre goza de una inteligencia preclara y de una memoria prodigiosa, al mismo tiempo que estas potencialidades le llevan a devorar cuanto libro se encuentra ante su presencia. Desfilan así textos y más textos que van sembrando su intelecto con la semilla de la cultura. Decía Sarmiento en alguna oportunidad: “No supe nunca hacer bailar un trompo, rebotar una pelota, como tampoco encumbrar una cometa”.

Como bien relatan sus biógrafos, fue un autodidacta, pues a los quince años enseñaba el alfabeto a los muchachotes de San Juan. Cuando es designado Alférez de las milicias provinciales, se desempeñaba como tendero, aunque en aquellos tiempos un Alférez de Milicias no pasaba de ser un modesto vigilante de las épocas actuales. Relatar la vida de Sarmiento es un poco relatar la vida del país. Fue tan dura la batalla dada para combatir a Rosas que, ante la aflicción materna en una oportunidad, se vio obligado a tratar de calmarla en éstos términos: “Madre, hay países donde reina la fiebre amarilla, el vómito negro y otras enfermedades endémicas que diezman las familias. En el nuestro es endémico el degüello y es preciso resolverse a abandonar el país”.

Dentro de los acontecimientos de su vida, siendo aún muy joven, con apenas dieciocho años, lo encontramos en Mendoza, donde el Alférez-tendero, se convierte en combatiente de verdad, manejando el sable y el fusil; está participando de una batalla entre unitarios y federales. Varios cayeron presos y fueron ultimados, pero Sarmiento pudo salvarse, haciéndolo también gracias a sus indicaciones don Narciso Laprida, el sanjuanino que luego fuera en 1816, presidente del Congreso de Tucumán.

Con apenas veinte años debió marchar hacia el exilio chileno, donde hizo de todo…Maestro de escuela, dependiente de comercio en Valparaíso, capataz de una mina en Copiapó, pero a pesar de ello jamás abandonaba sus lecturas que alimentaban a pasos agigantados su intelecto. La pobreza en el vecino país le provocó serios quebrantos de salud y de bolsillo, al punto que tuvo que vender el único libro que le quedaba: “El Diccionario de la Conversación”.

La tierra que lo acogiera tenía también sus problemas, y nuestro emigrado no supo sustraerse a los mismos ni ser neutral en tierra ajena. Compartía beligerancia en la prensa chilena y rebatía sin blanduras los ataques a los que le sometía la prensa del país trasandino.

El gran sanjuanino como se le llamó en épocas posteriores, también supo de momentos depresivos, que llegaron a su cenit cuando sus colegas para zaherirle le negaron talento literario. Entonces siguió el consejo del ministro Montt- que era un buen observador de los temperamentos fuertes- respondiendo a los ataques, con la publicación del “Facundo”, aunque él lo titulara “Civilización y Barbarie”. El ministro le había aconsejado con estas palabras: “Contésteles con un libro”. El Facundo se constituyó en un texto fundamental de la literatura argentina. Escribió incansablemente, al punto que la mujer que lo hospedaba lo cree loco, pues alterna sus lecturas, con carcajadas o palabrotas al descubrir alguna frase o cita equivocada de algún periodista enemigo. Sarmiento escribe con una prosa demoledora como correspondía a su temperamento exuberante, casi siempre a vuelapluma, sin releer ni corregir los originales. Posiblemente haya pensado revolviendo con furia la tinta de su tintero que allí ahogaba a su adversario de turno.

Años más tarde Domingo Faustino, diría del Facundo, encarado con enfoque de militante y con ritmo de folletín y con rasgo humorístico: “Facundo es un libro extraño, sin pies ni cabeza”. “…una especie de poema, panfleto e historia”.

En este libro lo que cautiva a una primera leída, es la observación sagaz del escenario geográfico del país y de las gentes que actúan en él, y en la capacidad para plasmar lo que quería decir en un lenguaje que adjetiva con justeza. Sobrevendrían luego sus libros posteriores que, al decir de algunos críticos no alcanzaron el vuelo de éste. Asombran las descripciones de la Pampa que recién conocería siete años más tarde, sin extraviarse literariamente en ella. Quizá faltó en el Facundo, recoger y proyectar las facetas profundas de carácter económico que caracterizaban la vida de la colonia. Faltó quizá retratar aquella sociedad edificada en el privilegio del monopolio, en la explotación de los esclavos, en el aislamiento y en la intolerancia que llevaron a barbarizar al país y alejarlo de sus naturales etapas evolutivas. Años más tarde diría: “Las Leyes injustas en la distribución de la tierra, son la causa de la aparición de Rosas y los caudillos”. Sin embargo en Sarmiento se da una contradicción: Reconoce en el gaucho, habitante típico de la pampa, la posesión de dos artes “la poesía y la música, que embellecen la vida civilizada”.

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Con el Facundo, el escritor estaba maduro, aunque quizá no deba decirse lo mismo como pensador. Afirmaba Sarmiento: “Había antes de 1810 en la República Argentina, dos sociedades distintas, rivales e incompatibles; la una española europea, civilizada y la otra, bárbara, americana, casi indígena y la revolución de las ciudades (se refería a las luchas por la independencia), sólo iba a servir de causa, de móvil, para que estas dos distintas maneras de ser de un pueblo, se pusieran en presencia una de otra, se acometiesen, y después de largos años de lucha, la una absorbiese a la otra”.

Llegaría luego “Mi Defensa”, libro autobiográfico donde refuta la acusación que se le hace acerca de su vida en San Juan y que él juzga calumniosa. En este libro afirmará “que desde los quince años es el verdadero jefe y sostén de su familia, aunque reconoce haber atravesado una juventud borrascosa, pero sin manchar su nombre con ningún delito”.

En el año 1845, antes del Facundo, a la muerte de Fray Félix Aldao se tienta en mostrar en folletín la vida de este caudillo. Hace su disección cuidadosamente relatando que luego de su “iniciación militar, el placer de los combates y las matanzas, le convencen de que carece de vocación sacerdotal. El fraile se había distinguido en las campañas sanmartinianas del Alto Perú. Describe su sed de sangre y las espantosas matanzas en las que acuchilla personalmente a sus enemigos, su inteligencia y sus costumbres licenciosas, las mujeres, el juego y la bebida.

En el año de 1842, es nombrado Director de la Escuela Normal de Preceptores y en 1843 al fundarse la Universidad de Chile es nombrado Miembro del Consejo Académico de la Facultad de Filosofía y Letras, además de presidir los exámenes y extender los grados de bachiller.

Su inquietud siempre de avanzada le lleva a proponer la simplificación de la ortografía, es decir escribir las palabras tal cual se las pronuncia, decretando desterrar algunas letras. Decía: “Olvídese de estas cuatro: HVZX. También propicia no usar los signos repetidos: LL y RR. Reiteraría sin éxito su propuesta de ortografía fonética.

En su libro “Viajes” condensaría todo lo que aprendiera en sus viajes por el mundo, acerca de la metodología de la enseñanza primaria, y que le valiera el título de gran Maestro. 
Conversando en Chile con el Ministro Montt, este le pidió sintetizara en dos palabras las bases sobre las cuales debía reposar la enseñanza primaria:
Sarmiento le contesta: “Edificios propios, rentas propias”. Pero su libro favorito será “Educación Popular” que no es un libro de un pensador herméticamente cerrado en la pedagogía, sino el trabajo doctrinario de un gran educador y sociólogo preocupado por los acontecimientos del siglo.

En el capítulo denso de su vida amorosa, figura un nombre imprescindible: Jesús del Canto. Era una niña adolescente a la cual Sarmiento junto a otras niñas enseñaba en el pueblito chileno de Los Andes. Sarmiento con apenas veinte años fue padre de una niña a la que llamó Faustina. Faustina casó con un imprentero francés llevado a Chile por Sarmiento. Sus sucesores fueron los Belín Sarmiento.

En mayo de 1848, casa con la viuda de un acaudalado hombre de negocios chileno don Domingo Castro y Calvo, sanjuanina ella, doña Benita Martínez Pastoriza. Don Domingo era a la sazón muchos años mayor que ella y achacoso por añadidura, que le deja al morir su fortuna, y un hijo de tres años de nombre Domingo Fidel. Las suspicacias, unidas a la amistad de Domingo Faustino con el matrimonio, como a los aconteceres posteriores, sumado a las cronologías explicarían que haya podido afirmarse que Domingo Fidel, fuera Sarmiento, apellido que llevará a partir de entonces. Su última compañera fue la hija de Dalmacio Vélez Sarsfield, doña Aurelia. Fue un hombre de amores apasionados, como correspondía a su temperamento volcánico, que le hiciera desencantar de doña Benita a quién llamaba la “fea”. Debido a esto buscó vertiginosamente amores clandestinos, pero pareció serenarse al conocer a Aurelia, separada de un primo médico en el año 1858.

La vida de Sarmiento es un torbellino que no puede sintetizarse en una nota periodística, pero estas apretadas líneas sirven para recordar al arquetipo.

Hay en Sarmiento tal superabundancia de fuerzas morales, de recta energía, puesta al servicio de claros ideales y una prescindencia tan absoluta por las cosas deleznables y mezquinas en que se ajetrea la existencia del común de los hombres, que al sumergirnos en esas ondas de ese mar sarmientino, sacudimos con el polvo del camino el lastre de miserias, egoísmos y pequeños apetitos con que se carga en la noria de todos los días.

Difícil resulta tratar con novedad la vida y obra de uno de los hombres más discutidos en vida, y sobre quién la crítica contemporánea ha llevado el análisis a tal extremo que pretende apreciar en centímetros y milímetros las múltiples actividades de su genio.

Biógrafos y críticos han hecho la disección de su obra y talento. Unos impregnados de filial cariño, como Belín Sarmiento y otros armados de tan filoso escalpelo, como Carlos Octavio Bunge. Es que el oleaje levantado por las luchas y victorias de Sarmiento, llega hasta nuestros días y de tarde en tarde, la oscura mentalidad colonial se yergue de nuevo para zaherirle o algún escritor con poca sinceridad y menos justicia pretende levantar juicios contra su obra.

Tal es el caso de Bunge que concluye su crítica diciendo: “De lo expuesto se desprende que la obra de Sarmiento, así la actuada como la escrita, es ante todo de un carácter esencialmente elemental. Más que por la fuerza, la originalidad descuella por su naturaleza primaria y didáctica. El escritor, el pensador y el estadista se subordinan al maestro de escuela (…).

Los cincuenta y dos tomos de su obra, no son sino sus instrumentos de lucha, de sus armas de construcción y reconstrucción; son sus medios para actuar sobre las masas, para transmitir impulsos vitales, comparables únicamente a los transmitidos por Mariano Moreno, centro e impulsión de la revolución de mayo. La historia de sus libros es la historia de sus propios combates. Para Sarmiento, Rosas, el federalismo y la campaña, significan la barbarie; la ciudad y el unitarismo, la civilización.

Fue un duro consigo mismo: supo inhibirse y evitar las grandes faltas comunes a los grandes hombres, despreciar los bienes materiales, practicar su máxima: “un jefe de estado debe ser como algún autor reflexionaba: sin padre, sin madre, sin genealogía”.

Y así este hombre colocado entre dos ciclos históricos, entre la Colonia y la República, entre la barbarie y la civilización, en tan titánico y doloroso esfuerzo por iniciar el país en nuevas formas de vida, va incorporando su impulso inicial a la cultura y al progreso de la República. Porque en nuestros días en que tan difícil resulta a nuestra juventud encontrar su equilibrio, en medio de tantas negaciones y de tantas afirmaciones, es consolador comprender que muchas de sus inquietudes ya fueron oteadas por otros vigías del pasado.

En la madrugada del 11 de septiembre de 1888, Sarmiento pide a su nieto Julio Belín: “Ponme en el sillón para ver amanecer”. Una brusca contracción lo dobló y “su corazón agrandado” se detuvo.

Pasó a ser de bronce

Decía ya por los años 1934 don Federico Mena, intelectual tucumano: “Y así colocado este hombre entre dos ciclos históricos, entre la Colonia y la República, entre la barbarie y la civilización, en tan titánico y doloroso esfuerzo por iniciar al país en nuevas formas de vida, como resultado de un renovado espíritu, que frente al pasado, a lo colonial, a lo reaccionario, él representa una fuerza de variación activa, constante y perenne, pues ha creado una tradición que, con altos y bajos va incorporando su impulso inicial a la cultura y progreso de la República. (…) en otros aspectos la figura de este grande hombre es una lección viva y elevada”. Es por eso que en justicia debe denominársele prócer y
maestro de la nación argentina y su recordación sea realiza en el mes de su nacimiento, febrero, además del Día del Maestro.



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